
Descendió hasta el suelo, detuvo su escoba junto a la enorme roca y se apeó de su vehículo volador.
- ¡Je..je...je!- se rió malignamente.
Se acercó al tierno embrión de duende y, llena de crueldad, le arrancó el suave envoltorio que lo protegía.
La perversa bruja no se contentó con desnudar el cuerpecillo, además sacó de su faltriquera un frasquito de vidrio verde y derramó una pócima negra y maloliente sobre el duendecillo, y al mismo tiempo palabra tras palabra, recitó toda una retahíla de horrendos conjuros".
Fragmento extraído del libro "Un duende a rayas".